
Entrevistador: “Silvio, tú eres el primer rockero capillita de la Historia, ¿eso cómo se come?
Silvio: “Hombre, qué remedio!! He nacido en Sevilla. Seguramente de haber nacido en Moscú, hubiera sido el primer rockero bolchevique”
Con esta frase lapidaria, Silvio Fernández Melgarejo, el rockero Silvio, sentaba cátedra para el resto de los días y a su manera, a la que fue fiel toda su corta vida, le quitaba importancia a un hecho al que muchos de nosotros solemos darle demasiada importancia y sobre todo protagonismo.
Desde la última esquina del bar ABC (eibisí bar), desde el fondo de un vaso de tubo, Silvio le quitó de un plumazo toda la caspa a Sevilla, que no es poca. En una frase, que abruma de espontánea, como un bulldozer de Derribos Pavón, se lleva por delante a varias generaciones de enchaquetados azules con botones dorados, a los palcos de la plaza de San Francisco y al “perdona a tu pueblo, Señor” de los jueves del Corpus. Silvio reconoce en décimas de segundo, lo que varios miles de sevillanos nos negamos a admitir en una vida entera: que es cofrade, sevillano y capillita, mayormente, porque no le quedó otro remedio.
Eso sí, rockero fue por libre elección. Por eso actuaba en conciertos en la base naval de Rota para los hijos de los militares norteamericanos con letras traducidas de oído, por eso todos esperaban su número a la batería aunque cediera la tarima en la que actuaba, por eso dejó el mundillo por un braguetazo de padre y muy señor mío:
- Pregunta: “Por aquel entonces, te retirarste. ¿Te dejó pasta el rock?”
- Silvio: “No, me la dejó mi suegro”.
Bien pensado, a Silvio no le quedó otro remedio que ser rockero. Ninguna otra filosofía de vida casaba mejor con su forma de ser, con buscar en el fondo de vasos de tubo la razón de la pérdida de su hermana o de ser hijo de madre soltera en una época en que eso era un auténtico estigma. Casualmente , a su hijo también le tocó esta última papeleta.
“Yo le canto al subsconsciente de la gente. Si la gente llega hasta el Betis, pues bueno. Si llega más allá, bueno también”. El surrealismo, por encima de todo, era la marca de la casa. Solo desde esta óptica, se entiende una letra como la de “Marguerita Margueró”, dedicada a su tía Margari a la que una vez en su casa le pidió una cerveza y harta de él no tuvo otra que contestarle: “Ahí tienes vinagre”:
“Marguerita, Margueró
Vinagreta, vinagró
te pido un trago de cerveza
dice no con la cabeza
Marguerita Margueró”
Habrá quien llegue a pensar que valiente tontería, habrá a quien le saque la sonrisa, habrá quien se haya reconocido en esa petición de una última copa y habrá quien descubra todo un ejercicio de dignidad de la embriaguez en esos cuatro versos.
Que el pregonero de la Semana Santa de cada año debería, al menos, conocer la figura del swing sevillano antes de plantarse en el atril, es algo que a estas alturas de párrafo sería justo dar por sentado. ¿Cómo intentar conciliar a la masa enfervorizada, a los del Centro y a los de los barrios, a macarenos y trianeros, a ruanes y a terciopelos, sin conocer las andanzas del único palangana venerado al final de la Palmera? “Macarena de Triana, eres tú”
Por todo eso y por mucho más, que se desborda a raudales en el magnífico documental “A la diestra del cielo” o en su biografía “Vengo buscando pelea”, estoy seguro de que Silvio no hubiera cruzado los brazos como yo lo he hecho cuando el camarero del Bombete ha dicho esta noche a voz en grito, sin cortarse ni un pelo: “Quien quiera algo, que lo pida que vamos a cerrar la barra”.
Silvio, ¿desde cuando ha decidido un camarero que se acabó lo que se daba siempre y cuando haya clientes dispuestos a alargar su travesía?




















